Ni los números ni la sangre mienten: 15 mil asesinatos en tres años. Atravesamos el peor conflicto armado que ha padecido la República en un siglo, desde la Revolución Mexicana.
Ante la inmensidad de este sacrificio humano, en las mentes de los ciudadanos la duda sustituye al aplauso, la reflexión y la preocupación han desbancado al apoyo, el miedo ha suplido a la incondicionalidad.
Lo peor es el ambiente de desinformación en el que viven todos los ciudadanos: desinformación que se traduce en zozobra, en miedo al futuro, en desesperanza, en ausencia de apoyo político para la guerra y los líderes que la encabezan.
Información, democracia y guerra
Uno de los peores errores que cometió el presidente George W. Bush fue aventurarse a una guerra sin tener objetivos claros, un diagnóstico confiable o la posibilidad de ganar.
Quizá por ello se vio en la necesidad de dividir al mundo en “buenos” y “malos”, de acuñar su infame frase de “los que no están con nosotros están con los terroristas” e iniciar una campaña de desinformación y restricción de las libertades cívicas.
A pesar de sus desastrosos resultados, estas tácticas maniqueas han tenido sus imitadores. Por ejemplo, quienes hemos expresado dudas hemos sido tachados de ingenuos: no ha habido argumentos, debate o intercambio de ideas, tan sólo una descalificación a priori. Incluso se ha repetido la falacia de que expresar dudas o hacer cuestionamientos es ponerse del lado del enemigo.
Se ha utilizado la técnica propagandística de tergiversar las palabras de aquél a quien no se quiere escuchar. Por ejemplo, mucho se dijo que quienes pedíamos revisar la estrategia estábamos solicitando que el Ejército regresara a los cuarteles y el gobierno federal se rindiera. Nada más lejos de la verdad.
La desinformación también se ha hecho presente, pues los mexicanos desconocemos qué tan alta es la apuesta que el gobierno ha hecho, qué está arriesgando México y qué beneficios se obtendrían en caso de ganar la guerra.
Quizá lo más grave es que desconocemos qué significa la victoria. No se ha establecido bajo qué condiciones podremos decir que hemos ganado. Ante los ojos de la ciudadanía, esta es una guerra sin rumbo, sin objetivos, sin una ruta definida hacia el triunfo.
A juzgar por lo que se ve, la estrategia consiste en poner retenes, patrullar las calles aleatoriamente, esperar pitazos y confiar en la suerte.
Además, pareciera que esta estrategia se basa sólo en la fuerza bruta. Los ciudadanos no hemos sabido de grandes acuerdos entre los diferentes componentes del Estado; no hemos presenciado campañas educativas a gran escala; desconocemos si hay esfuerzos para ahogar económicamente a los criminales; no nos han sido presentados programas sociales capaces de reorientar la dinámica de las comunidades carcomidas por el crimen.
Por supuesto que no es pertinente ni deseable que una estrategia se revele indiscriminadamente, pues ello alertaría a los delincuentes y pondría en riesgo a las fuerzas policiacas y militares. Sin embargo, en una democracia el gobernante tiene la obligación de dialogar, de convencer, de dar la cara y de unir con su liderazgo a los ciudadanos en un esfuerzo común.
El arte de la guerra… mediática
Lo que sí hemos visto, quizá demasiado, son spots, desplegados periodísticos e inserciones pagadas, así como un trabajo de operación política para aplastar todo cuestionamiento y buscar la unanimidad, el pensamiento único.
Hay un esfuerzo permanente de alta intensidad para convencernos de que los arrestos de narcotraficantes y los decomisos justifican que haya estados sumidos en la violencia, que tengamos economías regionales colapsadas y que millones de inocentes vivan en la indefensión ante los delincuentes que la ofensiva del gobierno federal ha exacerbado.
Sin embargo, los ciudadanos e incluso miembros prominentes del Estado están mostrando niveles de preocupación cada vez más altos. Ya va siendo hora de que se nos explique —con razones y no con publicidad, con información y no con consignas— si tanta sangre ha valido la pena, si la guerra ha traído más beneficios que perjuicios, si México puede aspirar a vivir de nuevo en paz.
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