lunes, 25 de enero de 2010

A la guerra sin estrategia

Ni los números ni la sangre mienten: 15 mil asesinatos en tres años. Atravesamos el peor conflicto armado que ha padecido la República en un siglo, desde la Revolución Mexicana.
Ante la inmensidad de este sacrificio humano, en las mentes de los ciudadanos la duda sustituye al aplauso, la reflexión y la preocupación han desbancado al apoyo, el miedo ha suplido a la incondicionalidad.
Lo peor es el ambiente de desinformación en el que viven todos los ciudadanos: desinformación que se traduce en zozobra, en miedo al futuro, en desesperanza, en ausencia de apoyo político para la guerra y los líderes que la encabezan.

Información, democracia y guerra

Uno de los peores errores que cometió el presidente George W. Bush fue aventurarse a una guerra sin tener objetivos claros, un diagnóstico confiable o la posibilidad de ganar.
Quizá por ello se vio en la necesidad de dividir al mundo en “buenos” y “malos”, de acuñar su infame frase de “los que no están con nosotros están con los terroristas” e iniciar una campaña de desinformación y restricción de las libertades cívicas.
A pesar de sus desastrosos resultados, estas tácticas maniqueas han tenido sus imitadores. Por ejemplo, quienes hemos expresado dudas hemos sido tachados de ingenuos: no ha habido argumentos, debate o intercambio de ideas, tan sólo una descalificación a priori. Incluso se ha repetido la falacia de que expresar dudas o hacer cuestionamientos es ponerse del lado del enemigo.
Se ha utilizado la técnica propagandística de tergiversar las palabras de aquél a quien no se quiere escuchar. Por ejemplo, mucho se dijo que quienes pedíamos revisar la estrategia estábamos solicitando que el Ejército regresara a los cuarteles y el gobierno federal se rindiera. Nada más lejos de la verdad.
La desinformación también se ha hecho presente, pues los mexicanos desconocemos qué tan alta es la apuesta que el gobierno ha hecho, qué está arriesgando México y qué beneficios se obtendrían en caso de ganar la guerra.
Quizá lo más grave es que desconocemos qué significa la victoria. No se ha establecido bajo qué condiciones podremos decir que hemos ganado. Ante los ojos de la ciudadanía, esta es una guerra sin rumbo, sin objetivos, sin una ruta definida hacia el triunfo.
A juzgar por lo que se ve, la estrategia consiste en poner retenes, patrullar las calles aleatoriamente, esperar pitazos y confiar en la suerte.
Además, pareciera que esta estrategia se basa sólo en la fuerza bruta. Los ciudadanos no hemos sabido de grandes acuerdos entre los diferentes componentes del Estado; no hemos presenciado campañas educativas a gran escala; desconocemos si hay esfuerzos para ahogar económicamente a los criminales; no nos han sido presentados programas sociales capaces de reorientar la dinámica de las comunidades carcomidas por el crimen.
Por supuesto que no es pertinente ni deseable que una estrategia se revele indiscriminadamente, pues ello alertaría a los delincuentes y pondría en riesgo a las fuerzas policiacas y militares. Sin embargo, en una democracia el gobernante tiene la obligación de dialogar, de convencer, de dar la cara y de unir con su liderazgo a los ciudadanos en un esfuerzo común.

El arte de la guerra… mediática

Lo que sí hemos visto, quizá demasiado, son spots, desplegados periodísticos e inserciones pagadas, así como un trabajo de operación política para aplastar todo cuestionamiento y buscar la unanimidad, el pensamiento único.
Hay un esfuerzo permanente de alta intensidad para convencernos de que los arrestos de narcotraficantes y los decomisos justifican que haya estados sumidos en la violencia, que tengamos economías regionales colapsadas y que millones de inocentes vivan en la indefensión ante los delincuentes que la ofensiva del gobierno federal ha exacerbado.
Sin embargo, los ciudadanos e incluso miembros prominentes del Estado están mostrando niveles de preocupación cada vez más altos. Ya va siendo hora de que se nos explique —con razones y no con publicidad, con información y no con consignas— si tanta sangre ha valido la pena, si la guerra ha traído más beneficios que perjuicios, si México puede aspirar a vivir de nuevo en paz.

Las coaliciones que México merece

El tema de las coaliciones se encuentra en ebullición en las más altas esferas del poder político mexicano. Gobernantes, legisladores, posibles candidatos y dirigentes partidistas negocian en público, en privado y en secreto, cuando se procesan acuerdos sin sustento ético; también hacen ofrecimientos, empeñan su palabra y debaten apasionadamente ante la perspectiva de generar coaliciones triunfadores para las elecciones de este 2010.
Las coaliciones son una expresión más de la vitalidad de nuestra democracia, una alternativa perfectamente legítima y válida. En otros países han posibilitado transiciones pacíficas y han sentado bases para gobiernos que han redefinido el rumbo de sus países.
Ejemplo de ello es la Concertación chilena, que reunió en un frente común a todos los partidos opositores al régimen militar de Augusto Pinochet. Gracias a la generosidad y a la pluralidad de sus integrantes —que van desde los socialistas hasta los liberales, pasando por mis compañeros democristianos— se logró acabar con la dictadura pinochetista.
De igual trascendencia fueron los Pactos de la Moncloa firmados en España en 1977. Esta alianza, que incluyó a los partidos con representación legislativa, abrió paso a una época de gran estabilidad política, crecimiento económico, florecimiento cultural y libertades sociales.
En la historia mexicana brilla la Alianza por el Cambio que sacó de Los Pinos al Partido Revolucionario Institucional tras siete décadas de la llamada “dictadura perfecta”. Nueve años después podemos ver que, aunque se alcanzaron sus objetivos inmediatos, el carecer de un programa que trascendiera lo electoral limitó sus logros. Faltó visión y acción para transformar el viejo sistema político en el que se montaron los gobiernos del PAN.

Las coaliciones que México no merece

Desgraciadamente, en algunas posibles coaliciones que se están discutiendo es evidente la falta de contenido y la estrechez de miras, el poder como objetivo único y meta final.
Me sorprende especialmente que haya partidos que compiten como aliados o como contrincantes dependiendo del estado en el que se encuentran, no de su doctrina o sus propuestas. Eso demuestra que únicamente les interesa destronar gobernadores y alcaldes, más no hacer realidad un proyecto conjunto.
No se trata sólo de amontonar siglas. Cuando carecen de ideas comunes y de una agenda política que las sustenten, las coaliciones sólo son una expresión de fuerza bruta que no proyecta evolución comunitaria.
Únicamente un proyecto sólido justifica una coalición que trascienda las ideologías y los legítimos intereses de los partidos. No basta con poner título y slogans a una alianza, hay que dotarla de contenido, definir alcances, prioridades, responsables, plazos y tareas.
Una coalición hueca, por el contrario, abre caminos a la división y al enfrentamiento. Tras la jornada electoral, los antiguos aliados se encuentran inmersos en una rebatinga por puestos, posiciones y espacios de poder.

Coaliciones y dedazos

Cualquier dirigente partidista experimentado sabe que siempre habrá gobernantes que busquen hacer avanzar su agenda personal, a costa del partido, impulsando o bloqueando coaliciones. Es deber de todo dirigente con visión de Estado recordar que no siempre lo mejor para uno de sus integrantes, por destacado que sea, es lo mejor para la institución.
La decisión de forjar o no una coalición debe tomarse sólo con el interés del país, del estado o del municipio en mente. Especialmente en este tema, las cúpulas gubernamentales deben respetar los ámbitos partidistas. Una coalición impuesta garantiza el fracaso.
Asimismo, es obligado que las coaliciones se armen de manera autónoma y subsidiaria por quienes las van a protagonizar. Es totalmente antidemocrático impedir que los ámbitos municipales y estatales se comporten con autonomía en esta materia. Aquí no hay espacio para el centralismo ni para los acuerdos ocultos.
Esperemos que los gobernantes, de todos los niveles, se muestren respetuosos de las decisiones que únicamente competen a los partidos. De no ser así, seguramente la militancia se verá obligada a hacer valer sus legítimos derechos.
Esperemos también ver en los próximos meses que se concreten coaliciones con contenido, con programa y ambiciones republicanas, con generosidad política y altura de miras; coaliciones que vigoricen el espíritu cívico y doten de dinamismo democrático a este 2010. Sólo así las coaliciones serán una aportación a la consolidación de la democracia mexicana.

viernes, 15 de enero de 2010

México, nación migrante

La realidad social mexicana está definida por los migrantes. Migrantes de los países hermanos del sur que son víctimas de la corrupción de nuestras autoridades y de la rapacidad de la delincuencia, mientras hacen de nuestro país un camino o un nuevo terruño, en la búsqueda de un destino mejor. Migrantes mexicanos que sin dejar el territorio nacional buscan mejores condiciones de vida, sobre todo en el centro y en el norte del país. Migrantes que lenta y pacíficamente exploran los Estados Unidos, llevando a México en sus corazones, sus costumbres y sus tradiciones, sin jamás desarraigarse.También migrantes muertos. Según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, desde 1994 “más de cinco mil mexicanos han perdido la vida en el desierto, en ríos y montañas en la frontera norte”. Durante 2007 y 2008 en la frontera han fallecido un promedio de tres mexicanos cada dos días.

La migración: arma contra la crisis

Este 12 de diciembre miles de connacionales arribaron a la Catedral de San Patricio, en Nueva York, para elevar plegarias pidiendo que las autoridades estadounidenses aprueben una reforma migratoria. Un legislador norteamericano del Partido Demócrata, Luis Gutiérrez, anunció la presentación de una iniciativa de ley de reforma migratoria. Con gran esperanza y visión, el dirigente de una organización de migrantes, Joel Magallán, apuntó: “Los inmigrantes no son un tema recién a discutir cuando la situación económica se resuelva; los inmigrantes pueden ser un factor clave para la reactivación económica. Legalizados, podrían iniciar nuevos negocios, aumentaría el consumo y la inversión en la economía”. Acertadas palabras, sin duda.Tan acertadas que, con ocasión del Día Internacional del Migrante, Ban Ki-moon, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), afirmó que la migración es parte de la solución a largo plazo de las crisis económicas en el mundo, a pesar de que muchos tengan percepciones exactamente contrarias.

Incierto porvenir

Desgraciadamente, parece que la situación de los migrantes empeorará durante el próximo año. La experiencia nos permite prever que las visiones xenófobas, desinformadas o políticamente interesadas podrían atajar la consolidación de una reforma migratoria en Estados Unidos, aprovechando precisamente los miedos que desata la crisis.A ello se suma la falta de actividad que en esta materia ha mostrado la diplomacia mexicana. Su labor ha estado marcada por los desencuentros con Canadá, Cuba, Francia y China y las pésimamente manejadas relaciones con Honduras, que hasta pusieron en una situación embarazosa al Presidente Felipe Calderón. Con tantas polémicas, poco tiempo ha quedado para abogar por los migrantes. A ello se suma un dato sumamente importante: la Comisión de Población, Fronteras y Asuntos Migratorios de la Cámara de Diputados calcula que el total de las remesas recibidas este año será menor en nueve mil millones de dólares a las de 2008, un 30% menos.Esta drástica disminución en una de las tres principales fuentes de ingresos para el país, junto con el turismo y el petróleo, no sólo agravará la situación de los migrantes y de sus familias, también podría afectar la economía mexicana en general.

Migrantes: agentes de desarrollo

Para una persona solidaria y libre de prejuicios es evidente que las trágicas muertes relacionadas con la migración podrían ser evitadas y convertidas en oportunidades de crecimiento, de intercambio cultural y económico. Sin dejar de reconocer que todo Estado soberano tiene la obligación y el legítimo e incuestionable derecho de ordenar el paso por sus fronteras, es posible sostener que ejercer sus prerrogativas con sentido humanista puede contribuir a que la migración sea más fructífera y segura.Ojalá y mexicanos como los que se expresaron este 12 de diciembre, muy al norte de nuestro país, cuenten con más acompañamiento político y más solidaridad de nuestras autoridades. Todo migrante tiene un corazón valiente y esperanzado que lo lleva a enfrentar duros desafíos en la búsqueda de dignidad y oportunidades. Es por elemental justicia que a ellos, que tanto han sacrificado y que tanto han dado a nuestra nación, debemos otorgar ese reconocimiento y ese apoyo en sus luchas que tanto merecen.